La respiración de Emilio fue la primera en estabilizarse, aunque su brazo izquierdo continuaba anclado firmemente a la cintura de Esmeralda, manteniéndola pegada a su costado bajo el amparo de las sábanas. La oscuridad total de la noche había comenzado a ceder ante esa franja grisácea y fría que anticipaba el amanecer en el golfo de Aurelia.
Esmeralda entreabrió los ojos, sintiendo el peso del cansancio físico mezclado con una lucidez mental absoluta. Su cuerpo, marcado por la intensidad de u