La tormenta del norte no daba tregua sobre los cristales del piso 40. Las gotas de lluvia golpeaban con una violencia rítmica, un eco constante que parecía sincronizarse con el tic-tac digital del gran reloj de pared. Hacía apenas una hora que el balance general de la banca preferencial había arrojado las primeras alertas rojas, y para Esmeralda, el peso del Fideicomiso se sentía más denso que nunca sobre sus hombros.
Vestida con un traje sastre azul medianoche que aún conservaba la rigidez d