El té de manzanilla se enfrió por completo sobre la mesa auxiliar, ignorado y lejano, mientras la penumbra de la noche terminaba de adueñarse de la habitación. Victoria se había quedado profundamente dormida, arrullada por el vaivén rítmico de la mecedora. Esmeralda la depositó en la cuna con una delicadeza infinita, pero en cuanto se aseguró de que la pequeña descansaba en un sueño imperturbable, se incorporó. Al girarse, descubrió que la mirada de Emilio la devoraba desde la penumbra del gra