El piso 40, que durante más de trescientos capítulos había sido el epicentro de conspiraciones silenciosas, alianzas forjadas a punta de talonario, amenazas de muerte y pasiones tan intensas como prohibidas, comenzó a quedarse vacío. El murmullo constante de los analistas, el tecleo frenético en las terminales de la banca del este y el paso apresurado de los asesores jurídicos en trajes a medida se extinguieron por completo, dejando tras de sí un eco cavernoso que resonaba en las paredes reves