Antes de que la gran disolución pudiera considerarse total, quedaba un santuario absoluto por cerrar, un último reducto del pasado que no figuraba en ningún mapa público ni en los registros digitales que Ricardo había auditado. En las profundidades subterráneas del edificio de la antigua banca del este, resguardada tras tres niveles de seguridad biométrica y muros de hormigón reforzado, se encontraba la caja fuerte privada de Alfonso de la Vega. Era un espacio diseñado en los años más duros de