El eco del primer estallido no trajo la calma, sino un hambre más profunda, un pulso primitivo que demandaba una entrega absoluta. Emilio permaneció atrapado en el cuerpo de Esmeralda, sintiendo los espasmos residuales de su placer abrazándolo con una calidez asfixiante. Su respiración, pesada y caliente, golpeaba el cuello de su esposa, mientras el sudor de ambos se mezclaba, lubricando la fricción de sus pieles desnudas sobre la seda deshecha de las sábanas.
Esmeralda arqueó la columna una