El segundero digital en la pantalla principal de la oficina presidencial avanzaba con una regularidad implacable. Doce minutos. Once minutos. En las posiciones de atraque tres y cuatro, el vapor blanco seguía saliendo de las chimeneas de los buques de Harrison, pero las grúas pórtico permanecían congeladas como gigantes de hierro custodiando un botín de contenedores.
Emilio no apartaba la mano del hombro de Esmeralda. Su pulgar ejercía una presión suave, un recordatorio físico de que, a pesar