La noche no trajo calma.
Trajo claridad.
Esmeralda lo sintió desde que cerró la cafetería. El silencio del lugar, normalmente reconfortante, ahora se sentía cargado de todo lo que no se había dicho durante el día. Las luces bajas, el eco tenue de sus propios pasos, el aroma persistente del café… todo parecía intensificarse.
Estaba sola.
O eso creía.
—No deberías estar aquí tan tarde —dijo la voz de Emilio desde la entrada.
No fue sorpresa.
Fue reconocimiento.
—Tú tampoco —respondió ella sin gir