Caricia no improvisaba.
Cada uno de sus movimientos tenía una intención clara, incluso cuando parecían espontáneos. Por eso, cuando decidió presentarse en aquella reunión sin previo aviso, no fue un acto impulsivo… fue una declaración.
El ambiente era estrictamente empresarial: sala cerrada, iluminación precisa, rostros concentrados en cifras y proyecciones. Pero todo eso perdió relevancia en el momento en que ella entró. No necesitó anunciarse. Su presencia bastó para alterar el equilibrio.
Em