El beso no trajo calma.
Trajo conciencia.
Y eso fue peor.
Esmeralda lo entendió en cuanto cerró la puerta de su casa. El silencio que antes le servía como refugio ahora se sentía demasiado amplio, demasiado honesto. No había distracciones, no había tareas urgentes que la obligaran a pensar en otra cosa. Solo estaba ella… y lo que acababa de cruzar.
Se recargó contra la puerta unos segundos, cerrando los ojos, como si pudiera retroceder el tiempo y analizar cada instante con mayor frialdad. Pero