El aire desapareció de los pulmones de Esmeralda.
La pantalla del teléfono temblaba entre las manos de Emilio mientras el video en directo mostraba el rostro aterrorizado de la enfermera personal de Don Maximiliano. Tenía las muñecas atadas a una silla metálica y lágrimas mezcladas con hollín corrían por sus mejillas.
Detrás de ella, las llamas devoraban lentamente una de las alas antiguas de la mansión Villarreal.
Y frente a la cámara…
Adrián Villarreal sonreía.
No como un hombre.
Sino como al