La columna de fuego iluminó el cielo de Aurelia como un presagio de muerte.
Por un instante, nadie respiró.
El incendio teñía de naranja los ventanales rotos de la mansión Villarreal, mientras el humo comenzaba a elevarse como una bestia despertando en la oscuridad.
Esmeralda sintió que el corazón se le desgarraba.
—No… —susurró retrocediendo—. No puede ser…
Pero Emilio ya se estaba moviendo.
Su rostro había cambiado.
La calidez que aún quedaba tras aquel beso desapareció por completo, sustitui