El mundo de Esmeralda se hizo pedazos.
No fue un simple dolor.
Fue una destrucción absoluta.
Sintió que el aire desaparecía, que el piso bajo sus pies dejaba de existir, que cada recuerdo de su infancia se deformaba en algo monstruoso y sangriento.
Su padre no había perdido el control por casualidad.
Su madre no había muerto en un accidente.
Todo había sido provocado.
Manipulado.
Planeado.
Y el autor de aquella tragedia había compartido su mesa durante años.
—No… —susurró con la voz quebrada—.