La madrugada cubría Aurelia con una lluvia fina y silenciosa que golpeaba los enormes ventanales del Hospital San Lucas. En el piso exclusivo de cuidados intensivos, la guerra por el poder seguía avanzando aun cuando la vida de Don Maximiliano pendía de un hilo.
Esmeralda permanecía sentada frente al cristal de la UCI, inmóvil, con los ojos hinchados por el llanto. El elegante traje gris marengo que por la mañana simbolizaba autoridad y fortaleza ahora parecía pesar toneladas sobre su cuerpo. S