La noche había caído sobre el Hospital San Lucas con una pesadez sofocante. Los pasillos olían a desinfectante y silencio contenido. Desde la ventana de la unidad de cuidados intensivos, las luces de Aurelia brillaban a lo lejos como estrellas frías e indiferentes, ajenas al derrumbe de la familia Villarreal.
Esmeralda permanecía sentada junto a la cama de Don Maximiliano, aferrada a su mano débil y llena de venas marcadas por los años. Emilio se había quedado afuera de la habitación, respetand