Don Maximiliano Villarreal jamás había sido un hombre impulsivo. Cada edificio levantado por el Consorcio, cada empresa adquirida y cada alianza sellada llevaba la marca de su obsesión por el control absoluto. Por eso, muchos años antes de que la guerra familiar estallara, el patriarca ya había previsto la traición que algún día nacería dentro de su propia sangre.
Y ese pensamiento comenzó a perseguirlo desde que su hijo dejó de ser un muchacho ambicioso para convertirse en un hombre consumido