El estudio de la mansión Valeriano estaba envuelto en un silencio pesado. Afuera, la lluvia había comenzado a caer suavemente sobre los ventanales enormes, cubriendo Aurelia bajo un velo gris. Emilio permanecía de pie junto al escritorio de madera oscura, inmóvil, con la mandíbula rígida y las manos cerradas detrás de la espalda mientras el doctor Méndez terminaba de revisar unos documentos médicos.
Pero por dentro…
La furia seguía hirviendo.
Cada vez que recordaba a Ricardo tocando a Esmeralda