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~ALESSIA~
Para nadie es un secreto que, en el mundo de las organizaciones criminales, las hijas de los jefes de la mafia no son más que simples monedas de cambio que sus padres utilizan para realizar trueques con otras organizaciones a cambio de alianzas y así crear lazos de lealtad y hacerse más fuertes. Como la única hija de Bruno Cardinale, el Capo de la Mafia Cardinale, la organización criminal más poderosa de la Toscana italiana, yo nunca fui vista de esa manera por una simple razón que me condenaba: era una gorda que no podía ser deseada por ningún hombre poderoso. De nada servía que fuera astuta, inteligente, bien educada y tuviese muchas otras cualidades que me hacían destacar. Ser gorda era el mayor crimen que yo había cometido contra mi padre y contra la organización, porque, según ellos, nunca iba a poder cumplir mi propósito, ya que ningún hombre se iba a querer casar conmigo jamás. Y hasta yo lo creía a veces, porque, a mis veintiséis años, era la rechazada por todos, hasta por mi propio padre que, aunque me amara con el alma, no me veía como una moneda de valor que pudiera darle beneficios. Pero, ese día, cuando escuché que Maksim Volkov, el Pakhan de la Bratva Volkov, y el hombre más hermoso y sexy que mis ojos habían visto iba a casarse con una mujer de nuestra organización para formar una alianza, supe que tenía que hacer algo para cambiar mi destino. Yo lo quería a él. Maksim Volkov iba a ser mi esposo y no solo eso... Iba a hacer que no solo me viera como un trato... iba a lograr que se enamorara de mí y me fuera leal hasta la muerte. -------- El salón principal de la mansión Cardinale olía a tabaco caro, whisky añejado y ambición. Los hombres más poderosos de la organización estaban sentados alrededor de la larga mesa de madera oscura, hablando en voz baja, midiendo cada palabra como si fuera una bala. Yo permanecía a un lado, sentada con la espalda recta y las manos entrelazadas sobre el regazo, fingiendo ser invisible… como siempre, pero prestando atención a todo lo que decían para aprender, porque, si mi destino no era encontrar el amor y casarme, algún día pensaba convertirme en la primera mujer Capo de la organización. Mi padre, Bruno Cardinale, presidía la reunión desde la cabecera. Su sola presencia imponía silencio y respeto. No necesitaba levantar la voz para que todos supieran quién mandaba allí. Él era el gran Capo. El hombre que había construido un imperio con sangre, inteligencia y terror. Y yo… Yo era su hija. Y su heredera. —Hemos llegado a un punto crítico —dijo finalmente, rompiendo el murmullo—. La guerra con la Bratva Volkov nos está costando hombres, dinero y territorio. Un escalofrío me recorrió la espalda al escuchar ese apellido. No necesitaba levantar la vista para sentir cómo la tensión se espesaba en el aire. Todos sabían quién era Maksim Volkov. El Pakhan. El hombre más temido de la Bratva. Frío. Brutal. Inteligente. Peligroso. Y, aunque jamás lo había conocido en persona, lo había visto de lejos. En fotos, en informes confidenciales, en rumores susurrados con miedo y admiración. Alto. De mirada glacial. Poderoso. Hermoso de una forma oscura y letal. —Después de semanas de negociaciones —continuó mi padre—, Volkov y yo hemos llegado a un acuerdo para poner fin a esta guerra. Los hombres se inclinaron hacia adelante, atentos. —Una alianza —añadió—. Que unirá a la Mafia Cardinale y a la Bratva Volkov. Una unión que nos hará más fuertes que nunca. Mi corazón empezó a latir con fuerza. —¿Y cuál es el precio? —preguntó alguien. Mi padre no dudó. —Una alianza matrimonial. El mundo se detuvo. Sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones y regresaba de golpe, como si me hubieran empujado al fondo del mar. Mis dedos se tensaron sobre la tela de mi vestido negro mientras mi mente intentaba procesar lo que acababa de escuchar. —Maksim Volkov se casará con una mujer de nuestra organización —anunció mi padre—. Una de las hijas de los socios principales. Un murmullo recorrió la mesa. Yo no respiraba. Porque, aunque nadie lo sabía, porque jamás lo habría admitido en voz alta… ese hombre siempre me había gustado. No como una fantasía romántica. No como un sueño ingenuo. Me gustaba su peligro. Su oscuridad. Su poder. Me gustaba porque representaba todo lo que este mundo respetaba… y todo lo que siempre me había sido negado. Las voces comenzaron a superponerse. Ninguno de los hombres allí presentes era idiota. Cada uno sabía lo que representaba una unión de esa índole con Maksim Volkov. Yo también lo sabía a ciencia cierta. —Mi hija Bianca sería perfecta —se apresuró a decir uno—. Joven, hermosa, educada. —La mía también —añadió otro—. Ha sido criada para este tipo de compromisos. —Pero ninguna se compara con Elena —intervino Gio Marchetti con una sonrisa orgullosa—. Mi hija es la mujer más hermosa de toda la mafia italiana. Asentimientos. Sonrisas. Aprobación. Yo seguía allí. Nadie me miraba. Nadie pronunciaba mi nombre. Ni siquiera mi padre. No era sorpresa. Nunca lo era. A pesar de ser la hija del jefe, siempre había sido la sombra. La que no encajaba. La que no cumplía con el estándar de belleza que ese mundo exigía a las mujeres. La gorda. Así me habían visto siempre. Sentí el viejo nudo en el pecho. Esa mezcla de humillación y rabia que conocía demasiado bien. Pero esta vez… esta vez había algo más. Determinación. —Yo me casaré con Maksim Volkov. El silencio cayó alrededor de la mesa como un disparo. Todas las miradas se clavaron en mí. Por un segundo, nadie reaccionó. Luego… las carcajadas estallaron como granadas. Risas abiertas. Burlonas. Crueles. Algunos hombres se llevaron la mano al pecho. Otros negaron con la cabeza, divertidos. Yo permanecí inmóvil, con el mentón en alto, sosteniendo cada una de esas miradas como si fueran un reto. Todos… excepto mi padre. Bruno Cardinale no rio. Me observó con el rostro serio, ilegible. —Alessia —dijo Gio Marchetti entre risas—, esta es una reunión seria. No es momento para bromas. Lo miré directamente, endureciendo el gesto. —No estoy bromeando. Las risas se apagaron poco a poco. —¿Estás loca? —escupió Gio—. Todos saben que a Volkov le gustan las mujeres hermosas. Con cuerpos de sensuales curvas. No que sean un círculo... —Te recuerdo que estás hablando con la hija del Capo. Mide tus palabras antes de lanzar cualquier insulto —espeté. Mi comentario y mi tono exigente no le gustaron, por supuesto, pero hizo caso. Sabía muy bien que, sea como fuera, yo era la hija de su Capo. —Lo que quiero puntualizar es que a Maksim Volkov le gustan las mujeres como mi hija Elena. Así que ella es la elección lógica. —No —respondí con calma—. La elección lógica soy yo. Un murmullo indignado recorrió la sala. —¿Tú? —replicó otro—. Esto no es un capricho, Alessia. —Precisamente —dije firmemente—. No lo es. Me puse de pie. —Soy la hija del líder de la Mafia Cardinale. Si alguien debe sellar esta alianza… soy yo. El revuelo fue inmediato. Voces elevándose. Protestas. Indignación. —¡Esto es absurdo! —¡Sería un insulto para Volkov! —¡Estás avergonzando a tu padre! Entonces, mi padre golpeó la mesa. —¡Basta! El silencio regresó, tenso y pesado. Mi padre se levantó lentamente. —Esta reunión ha terminado —anunció—. Me tomaré un tiempo para decidir quién será la mujer que se case con Maksim Volkov. Cuando tenga una respuesta definitiva, se las haré saber. Nadie se atrevió a contradecirlo. Uno a uno, los hombres se retiraron. Sus miradas hacia mí iban del desprecio a la burla. Cuando la sala quedó vacía, solo quedamos mi padre y yo. —¿Qué fue eso? —preguntó finalmente, molesto obviamente. —La verdad —respondí. Mi padre suspiró y se pasó una mano por el rostro. —Alessia… Volkov es el hombre más poderoso de la Bratva. Esa unión dará una ventaja inmensa a quien la consiga. —Por supuesto que lo sé —dije y usé mi mejor arma para persuadirlo: mi astucia—. Por eso intervine. No podemos permitir que Gio Marchetti la obtenga y tenga más poder que tú. De ser así, luego podría querer obtener tu lugar y con los rusos de su lado... Mi padre apretó la mandíbula. Sabía que tenía razón. —Pero tú… —dudó—. No creo que sea buena idea. Maksim Volkov no te querrá. No eres su tipo. Las palabras dolieron. Pero no me sorprendieron. —No necesito que me quiera... al principio —dije, acercándome—. Solo necesito convertirme en su esposa. Mi padre me miró, intrigado. —No solo me casaré con él, papino —continué—. Haré que se enamore de mí. Haré que me sea leal. A mí… y a los Cardinale, para que te convierta en el hombre más poderoso de la mafia italiana y nadie jamás intente desbancarte de tu trono. El silencio se extendió entre nosotros. Mi padre me miró y noté que aquella seguridad de antes tambaleaba. —Confía en mí, papino —susurré, tomándole la mano—. Dame esta oportunidad y te aseguro que no te defraudaré. Mi padre me observó durante largos segundos y supe, en ese instante, que había ganado. Porque yo no iba a ser solo la moneda de cambio que ellos utilizarían para sellar aquella alianza de poder. Iba a ser la reina que volteara el tablero de los Cardinale y de los Volkov.






