Valentina se despertó a las cinco y media de la mañana porque su cuerpo no sabía dormir hasta tarde. Quince años de levantarse temprano para trabajar le habían jodido el reloj biológico de forma permanente. Ni una isla privada en las Bahamas podía arreglar eso.
Se puso el bikini, agarró una toalla y salió de la villa sin hacer ruido.
La playa estaba vacía. El sol todavía no salía del todo, solo una línea naranja en el horizonte que le daba al agua un color que Valentina no sabía que existía fue