Elio, al escuchar aquellas palabras, apretó sus manos con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. El silencio que siguió fue tan espeso que parecía que el aire mismo había decidido detenerse, como si la casa contuviera la respiración. La tensión flotaba en la sala, cargada de recuerdos que dolían y reproches que aún sangraban.
Finalmente, Elio levantó la mirada hacia Cristina. Sus ojos, enrojecidos y cansados, tenían un brillo extraño, mezcla de desesperación y súplica.
—Cristina… —d