—¿Laura? —dijo Elio, sorprendido, al verla entrar.
La mujer avanzó con paso firme, llevando de la mano a un niño de ojos brillantes.
—Así es como nos recibes, Elio. —Su voz estaba cargada de reproche—. Un año sin vernos, sin ver a tu hijo, ¿y esa es la cara de felicidad que pones?
Don José, que aún permanecía en el despacho, miró a su nieto y luego posó la vista en el niño. Se acercó con ternura y abrió los brazos.
—Ven aquí, mi bisnieto querido.
—¡Abuelo! —exclamó el pequeño corriendo hacia él