Cristina caminó hacia su habitación y cerró la puerta tras de sí con suavidad, intentando que nadie notara la tensión que la atravesaba. El teléfono seguía sonando en su mano; cada vibración le parecía un martillazo en el corazón. Dudó un instante, tragó saliva y, finalmente, deslizó el dedo para contestar.
No salió ninguna palabra de sus labios. Guardó silencio, apretando el celular contra su oído, esperando a que él dijera algo.
—Hola, Cristina... —La voz de Elio, grave y encantadora, llegó a