Elio Caruso estaba en su oficina recogiendo su portafolio. Cada movimiento era lento, cargado de cansancio. Suspiró pesadamente y caminó hacia la puerta. Con un gesto automático apagó la luz, cerró con firmeza y se dirigió hacia el ascensor.
Mientras esperaba, la soledad de aquel pasillo lo hizo sentir más vacío que nunca. Miró el reloj en su muñeca y, en un impulso, tomó su teléfono. Marcó a su asistente.
—¿Aló? —contestó la voz al otro lado de la línea.
—¿Qué noticias me tienes? —preguntó Eli