El último vistazo al paraíso perdido
El eco de los pasos de Rubén sobre la grava del sendero no era solo el sonido de un hombre regresando a casa; era el sonido de la autoridad y la pertenencia. Rubén avanzó con la espalda recta, su porte militar suavizado apenas por la calidez del hogar, pero sus ojos, agudos como los de un halcón en pleno reconocimiento, captaron de inmediato la cercanía entre su prometida y el hombre que alguna vez fue el dueño de su vida.
—Buenas tardes —dijo Rubén. Su voz,