«No estabas sola».
Las palabras no se desvanecieron.
Permanecieron.
Resonando.
Elena no respiró.
No se movió.
Porque si lo hacía…
Se haría realidad.
«Eso no es posible», dijo.
Pero su voz…
Carecía de seguridad.
Porque en el fondo…
Algo ya lo sabía.
El doctor Kessler la observaba atentamente.
«Lo sentiste, ¿verdad?», dijo en voz baja.
Una pausa.
«El recuerdo».
Llamas.
Humo.
Una mano…
Sosteniendo la suya.
Ayudándola a atravesar el caos.
«No estabas sola», repitió.
El corazón de Elena latía con fu