Cuando siento que he dominado la avalancha de sentimientos, decido salir.
Abro la puerta y me sorprendo al encontrar a Renzo sentado en la cama.
Miro la puerta, y regreso mis ojos a él.
Maldigo.
—Tenemos que hablar.
—No hay nada que hablar —espeto en tono sereno.
—Lo del restaurante.
—Lo dejaste claro. No hay nada que puedas decir para revertir tus palabras. —Se endereza — Es una lástima que estés ciego.
—No arruinemos la convivencia —declara luego de unos segundos.
Asiento.
—Tienes razón —mu