Capítulo Treinta y Cuatro

Cuando siento que he dominado la avalancha de sentimientos, decido salir.

Abro la puerta y me sorprendo al encontrar a Renzo sentado en la cama.

Miro la puerta, y regreso mis ojos a él.

Maldigo.

—Tenemos que hablar.

—No hay nada que hablar —espeto en tono sereno.

—Lo del restaurante.

—Lo dejaste claro. No hay nada que puedas decir para revertir tus palabras. —Se endereza — Es una lástima que estés ciego.

—No arruinemos la convivencia —declara luego de unos segundos.

Asiento.

—Tienes razón —mu
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