Capítulo Cuarenta y Dos

Definitivamente esto tiene que ser una mala broma.

Ignoro el llamado de Renzo y salgo la terraza. La misma, tienen una puerta que da directamente a la playa.

Así que la abro, y me deshago de mis sandalias en tiempo récord.

Avanzo por la arena.

—No puedes huir de mí eternamente.

—Mira como lo hago —abro los brazos con chulería y sin voltear a verlo.

—Detente —su voz se escucha muy cerca y lo compruebo cuando su mano me toma del brazo dándome la vuelta.

—Suéltame— lo miro a los ojos con rabia.

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