80. La batalla de los Demonios
Bianca se quedó petrificada en su silla plegable. Sus ojos, muy abiertos, estaban clavados en la pantalla del ordenador portátil de Oráculo. El nombre de Alistair Hartwell parpadeaba con una luz brillante y burlona. Aquella transferencia de diez millones de dólares no era un regalo, sino una advertencia letal. El abuelo de su marido aún podía localizarlos en su escondite.
—¿Cómo demonios ha podido ese viejo rastrear nuestra cuenta falsa? —gruñó Daniel. Su voz de barítono hizo vibrar toda la sal