Durante cinco minutos completos, ninguno de los dos habló. Tamara y Gabriel permanecieron congelados frente a las cámaras criogénicas, sus mentes luchando por procesar lo imposible.
Konstantin Voss, el hombre que había muerto hace cinco años—cuyo funeral Damián había llorado, cuyo testamento había desencadenado toda esta pesadilla—estaba suspendido en líquido transparente, su cuerpo preservado perfectamente, monitor parpadeando su ritmo cardíaco constante.
—Esto no es real —susurró Gabriel fina