El mundo de Tamara se redujo a una sola verdad imposible: Valentina Moreau era su hermana gemela.
No prima lejana. No coincidencia. Hermana. Sangre de su sangre. Separada al nacer por personas que habían tratado sus vidas como experimento científico.
—No puede ser verdad —susurró, pero incluso mientras hablaba, piezas encajaban con horrible claridad.
La similitud en sus rostros que Tamara siempre había atribuido a casualidad. La forma en que Valentina instintivamente entendía sus pensamientos.