El amanecer en el distrito industrial no tiene la delicadeza dorada de los jardines de los Vane. Aquí, el sol parece pedir permiso para atravesar la bruma de hollín y el ruido de los camiones que ya retumban en el pavimento. Me levanté del suelo, sacudiendo el rastro de serrín de mis rodillas, sintiendo cada vértebra protestar. Alexander se había ido hacía apenas una hora, pero su aroma —ese sándalo frío y esa nota metálica de éxito— todavía flotaba en la oficina, burlándose de mi intento de s