Alexander narra:
Observo el reloj de mi despacho. Las tres de la mañana. El segundero avanza con una precisión quirúrgica que hoy, por alguna razón que me niego a verbalizar, me resulta insoportable. He pasado las últimas horas desglosando el informe de riesgos de la nueva adquisición en Singapur, pero las cifras se mezclan en mi mente con una imagen persistente: Emma, en ese almacén frío del distrito industrial, rechazando mi seguridad y mi dinero con una ferocidad que me quema por dentro.
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