El pabellón de cristal del centro de convenciones parecía una pecera gigante diseñada para que los depredadores observaran a su presa. Las luces de los focos eran tan blancas y agresivas que por un momento olvidé que eran las diez de la mañana. Frente a mí, mi estación de trabajo brillaba con una pulcritud quirúrgica: el acero inoxidable me devolvía un reflejo distorsionado, el de una mujer que había pasado las últimas setenta y dos horas sobreviviendo a base de cafeína y pura voluntad.
A mi