El aire de la mansión se había vuelto irrespirable. No era solo el peso de los secretos familiares, sino la forma en que Alexander me miraba a través del pasillo: como si fuera un animal herido que él mismo había ayudado a acorralar.
Esa mañana, el sol de abril entraba por los ventanales con una crueldad metálica. Me encerré en el ala este, lejos de su despacho y de la mirada inquisidora de Victoria. La sensualidad que nos había envuelto apenas cuarenta y ocho horas antes se había transformad