El regreso de la gala benéfica fue un descenso abrupto desde la adrenalina de los flashes hacia la realidad asfixiante de la mansión. El silencio en el interior del coche era denso, una entidad física que nos separaba a pesar de que apenas diez centímetros de cuero italiano nos distanciaban. Alexander mantenía la vista fija en la ventanilla, su perfil recortado por las luces de la ciudad que pasaban como ráfagas, devolviéndole esa máscara de CEO implacable que Isabella parecía haber invocado c