El silencio que siguió a la partida de Isabella no era de paz, sino de esos que preceden a un bombardeo. Me quedé inmóvil en medio del salón, sintiendo cómo el calor de la humillación luchaba contra el pulso errático que Alexander acababa de despertar en mí. Sus manos aún parecían marcar mi piel, una huella invisible que me recordaba que, aunque nuestras palabras se lanzaran dardos, nuestros cuerpos ya habían firmado un tratado de rendición.
—No tienes que explicar nada, Alexander —dije, apart