El silencio en el despacho de Alexander después de aquel beso no era el habitual silencio gélido de la mansión; era un silencio espeso, cargado de una electricidad que hacía que el aire pesara. Me quedé allí, con la espalda apoyada contra la madera de su escritorio, sintiendo cómo el latido de mi corazón intentaba salirse de mi pecho. Él se había alejado apenas unos centímetros, pero sus manos seguían firmes en mi cintura, como si temiera que, si me soltaba, ambos volveríamos a ser los desconoc