El silencio de la mansión Vane a las cinco de la mañana no es pacífico; es opresivo. Es un recordatorio constante de que cada centímetro de este lugar ha sido diseñado para la eficiencia, no para la calidez. Tras la marcha de Victoria y el extraño armisticio que Alexander y yo firmamos entre besos robados y cláusulas legales, la casa se siente más grande, más vacía y, extrañamente, más mía.
Me levanté antes de que el servicio empezara a moverse. Necesitaba el control. En este mundo de aparien