El amanecer en la mansión Vane nunca es un evento cálido; es una transición burocrática del azul gélido al blanco hospitalario. Sin embargo, esta mañana, el aire en mi suite se sentía diferente. Todavía podía percibir, o quizás era solo mi memoria jugándome una mala pasada, el rastro del chocolate amargo y el romero que habíamos compartido en la cocina. Y, sobre todo, el peso del beso de Alexander.
Ese beso no había sido parte del contrato. No hubo cámaras, ni testigos, ni una suegra vigilant