Capítulo 54. La legítima defensa.
—No es mentira —repitió Eris.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire acondicionado del despacho, pesadas como piedras. Ares no parpadeó. No hubo un grito de indignación, ni una orden inmediata de seguridad para que la sacaran de la mansión. Simplemente se recostó en su silla de cuero negro, cruzando los dedos sobre el estómago, adoptando la postura del juez supremo que decide el destino de un alma.
—Entonces, es verdad —dijo Ares con una frialdad que helaba la sangre—. Apuñalaste a un hom