Capítulo 44. Renuncia.
El sol de la mañana en el piso cincuenta no entraba tímidamente; reclamaba el espacio con la arrogancia de quien sabe que ha pagado millones por las vistas.
Eris se despertó desorientada, parpadeando ante la luz dorada que inundaba el dormitorio. Por un segundo, pensó que seguía soñando. La cama era demasiado grande, las sábanas demasiado suaves, algodón de mil hilos que se sentía como mantequilla contra la piel, y el silencio era absoluto.
No se oían las sirenas de la calle, ni los gritos de