Capítulo 42. El adiós de la muñeca.

El ascensor ejecutivo descendió desde el piso 50 en un silencio mucho más ligero que el de la subida.

Silas se había quitado la chaqueta del traje y la llevaba enganchada en un dedo sobre el hombro, con la camisa blanca arremangada y la corbata desaparecida, probablemente olvidada sobre la mesa de juntas como un trofeo de guerra.

Se veía relajado, peligrosamente atractivo y con esa energía vibrante que solo tienen los hombres que acaban de esquivar una bala y ganar la lotería al mismo tiempo.

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