Capítulo 36. Ella era virgen.
Las palabras se habían esfumado. Ya no existían las disculpas, los miedos o las dudas. Solo quedaba la verdad cruda y palpable que ardía entre sus cuerpos.
El beso que Ares le imprimió en ese momento no fue de perdón, ni de ternura. Fue de hambre. Un hambre feroz, acumulada por semanas de tensión, de deseo negado y de una batalla interna que los había consumido a ambos.
Cuando se separaron por un instante para quitarse el resto de la ropa, el aire que respiraban era espeso, cargado del calor d