Capítulo 12. Una mancha peligrosa.
El aire salió de los pulmones de Silas de golpe.
—¿Ves? —dijo ella con voz suave—. No te moriste.
—Está… aceptable —mintió él, aunque por dentro estaba ardiendo.
En ese momento, el caos, el fiel compañero de Eris decidió hacer su entrada triunfal.
Al bajar la mano, el codo de Eris golpeó levemente su propia salsera de mantequilla. El recipiente de cerámica se volcó.
Un río dorado y caliente se derramó sobre el mantel negro… y sobre el regazo del vestido de seda azul de cinco mil dólares.
—¡Mier