Capítulo 100. La semilla de la duda.
Greta se soltó de un tirón cuando él la llevó al umbral. Alisó las arrugas invisibles de su vestido con movimientos bruscos, intentando recuperar el control, la altivez.
Pero sus mejillas estaban teñidas de un rojo furioso, y sus ojos, aquellos ojos de hielo, brillaban ahora con lágrimas de humillación y un odio intenso.
—Solo intento ayudarte, Ares —dijo, y su voz temblaba, pero no de miedo, sino de rabia contenida—. Te ciega la… la compasión. Esa mujer es un desastre. Siempre lo ha sido. Es