La habitación permanecía en silencio. Un silencio suave. Tranquilo. Solo interrumpido por el sonido constante de los monitores médicos y la respiración pausada de Vega. La luz de la tarde entraba por la ventana. Tiñendo la habitación con tonos dorados.
Vega permanecía recostada sobre la cama.
Todavía débil.
Todavía pálida.
Pero despierta.
Y para Alonso aquello seguía siendo un milagro. El hombre estaba sentado junto a ella. Sosteniendo una de sus manos. Acariciando sus dedos de vez en cuan