El hospital permanecía sumido en una calma artificial.
Las luces blancas iluminaban los pasillos silenciosos mientras médicos y enfermeros avanzaban de un lado a otro. A simple vista todo parecía funcionar con normalidad, pero para Alonso Trovatto el tiempo se había detenido varias horas atrás.
Sentado frente a la unidad de cuidados intensivos, mantenía los codos apoyados sobre las rodillas.
Las manos entrelazadas.
La mirada fija sobre el suelo.
Y el corazón atrapado en una batalla silenciosa.