La habitación permaneció sumida en una calma melancólica. Las lágrimas de Vega se habían ido apagando poco a poco, pero el dolor seguía allí.
Invisible.
Silencioso.
Profundo.
Alonso continuaba sentado junto a la cama.
Sin soltar su mano.
Sin apartarse ni un solo instante.
Como si temiera que ella desapareciera si dejaba de tocarla. Como si la simple sensación de sus dedos entrelazados fuera la única prueba de que seguía allí.
Viva.
Respirando.
A su lado.
Vega observó sus manos unidas