La Casa Grande jamás dormía del todo.
Podía parecer silenciosa en las madrugadas, con sus pasillos extensos y lámparas antiguas proyectando sombras largas, pero bajo esa calma siempre latía algo más: secretos, rencores, decisiones tomadas en susurros que podían destruir destinos completos.
Judith Trovatto caminaba de un lado a otro en su habitación.
Descalza. El cabello suelto. Los ojos demasiado brillantes para alguien que debía estar cansada.
No había dormido.
No desde que supo que Vega