El avión privado descendió sobre Alborada poco después del mediodía.
Los cielos estaban despejados y el sol caía sobre la ciudad con una intensidad casi cegadora. Sin embargo, ni Gabriel Trovatto ni Fátima Trovatto prestaban atención al paisaje.
Ambos vestían completamente de negro.
No era casualidad.
El luto por Judith seguía presente.
Seguía ardiendo.
Y aquella herida se había transformado en algo mucho más peligroso.
Resentimiento.
Venganza.
Mientras descendían por las escalerillas